EL ABANCAY QUE DEJE
16/01/2009
Anoche subí a un bus y poquito a poco iba dejando atrás ese techo abanquino completamente estrellado, que a veces hace fiesta cuando lo sacuden los rayos y vibran los truenos.
Por unos días me alejé de ese cielo azul que despierta conmigo completamente moteado por nubes de formas diversas. Dejé allá, en el corazón de Apurímac, esa lluvia que cae sonora, que recorre tu cabello y humedece cada poro de tu rostro.
Menos mal que estoy acá, y no allá donde la gente te dice buenos días, te sonríen y levantan su sombrero en señal de respeto.
Dejé allá esa ciudad donde caminas a tus anchas a cualquier hora, por aquí y por allá, sin preocuparte de que un ladrón te diga “ya causa, la vida o la plata?”.
Por fin me vine a Lima y dejé -a 15 horas de camino- el aire que te susurra, que te refresca, que te acompaña. Dejé, menos mal, el solcito que te abraza y abriga, ese que no te quema en esta temporada.
Por unos días descansaré de esa montaña toda verde que me saluda cada mañana al despertar, que se asoma por mi ventana y me dice cada día “loquito, bienvenido al paraiso”.
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